Monasterio de La Santa Espina

España

Monasterio de Santa María de La Santa Espina, Castilla y León

Cuenta la historia que doña Sancha, infanta de León y hermana del rey Alfonso VII, fue de visita a París junto a su sobrina, Constanza de Castilla, quien más tarde se convertiría en reina de Francia. Durante aquel viaje, doña Sancha consiguió como regalo del rey Luis VII una de las espinas de la reliquia de la Santa Corona que se veneraba en la Sainte Chapelle y que actualmente se encuentra en la catedral de Notre Dame (parece ser que sobrevivió al pasado incendio del 15 de abril de 2019). A su vuelta, doña Sancha decidió fundar un cenobio para venerar aquella reliquia, no muy lejos de Valladolid, y así es como nació el monasterio de La Santa Espina. Corría el año de 1147.

El arco de entrada y las murallas

Llegué a La Santa Espina tras un trayecto de no más de cuarenta minutos desde la de facto capital castellanoleonesa, en una fría mañana de noviembre. Aparqué el coche, siendo aparentemente el primero en llegar, y me dirigí a la entrada, un monumental arco triunfal con una hornacina, hoy vacía, custodiada por dos relojes de sol y rematada por lo que parecen ser las armas de la Corona de Castilla. Antes de entrar eché un vistazo a mi alrededor para visualizar los árboles ya despojados por el temprano invierno y vi que la puerta no estaba solo de adorno sino que formaba parte de una muralla de piedra que rodeaba los terrenos del monasterio (por lo visto, la muralla mide 5 km, y se construyó en el siglo XVI para que no les robaran las cosechas a los monjes). No parecía haber nadie por ningún lado, pero la puerta estaba abierta, por lo que me dispuse a cruzar el elegante arco de medio punto y retroceder en el tiempo una vez más.

La iglesia

Antes de realizar la visita no había leído prácticamente nada sobre la historia del monasterio, y lo primero que pensé al ver semejante fachada es que se trataba de un conjunto renacentista. Sin embargo, el resto de la iglesia parecía bastante anterior, ya que se podían ver ventanales románicos y góticos en el lateral de la nave y en el ábside. Efectivamente, la iglesia original se construyó entre los siglos XII y XIII, pero en el siglo XVII se decidió levantar la fachada con torres gemelas que se puede ver en la actualidad. El diseño proviene de la escuela de Ventura Rodríguez, natural de Ciempozuelos y considerado como el último arquitecto barroco de España. Se podían ver varios escudos, en el centro el de castilla y a ambos lados las armas del abad del monasterio; también en la parte central había varias hornacinas tan vacías como la del arco de entrada.

La hospedería y su claustro

Tras asegurarme de que la iglesia estaba cerrada a cal y canto, decidí entrar en la hospedería, un edificio anexo a la iglesia y en cuya entrada se podían ver de nuevo los dos escudos antes mencionados así como una inscripción, SPHV, y una fecha, 1709. No he conseguido averiguar el significado ni de la inscripción ni de la fecha, ya que esta parte del monasterio fue construida a finales del siglo XVI. Entré en la hospedería, dispuesta en torno a un luminoso claustro gobernado por un pozo y los consabidos cipreses, y como todavía tenía algo de tiempo hasta la apertura de la iglesia aproveché para pasear tanto por el claustro de la hospedería como por el otro, conocido como claustro procesional, en el que se encontraba la sala capitular. Cuando ya daban las 11’30, un señor al que había visto previamente limpiando la famosa colección de mariposas del monasterio nos preguntó a mí y a varias personas que habían ido llegando si nos apuntábamos a hacer la visita guiada.

El claustro procesional

Con una alegría infinita que solo puede desprender el que se dedica a algo por pura vocación, nuestro guía nos empezó a contar la historia del monasterio, tan interesante como triste. Este, como comenté al principio, fue fundado por la infanta doña Sancha para venerar la reliquia de la Santa Espina que trajo consigo de Francia. San Bernardo, fundador de la orden del Císter, envió a cinco monjes desde la desaparecida abadía de Claraval para edificar el monasterio a imagen y semajanza de esta, como estaba mandado. Me encontraba, como descubrí en aquel mismo momento, en un monasterio cisterciense, famosos entre otras cosas por la impecable y elegante austeridad de sus líneas arquitectónicas. En aquel momento me acordé del monasterio de Alcobaça, en Portugal, también dotado de una recargada fachada que para nada representaba lo que me encontré en su interior.

Usando como referencia los lucillos que se encontraban en la pared del claustro que daba a la iglesia, nuestro anfitrión nos habló de los tiempos de la invasión napoleónica. Al poco de perder la guerra, lo que quedaba del ejército francés volvía derrotado de Portugal y por el camino sus supervivientes destrozaron y saquearon todo lo que pudieron. El monasterio de La Santa Espina fue uno de los lugares que eligieron para dar buena cuenta de su cultura y amor al patrimonio, y su devastador efecto se nota en esta parte por la ausencia de estatuas en las sepulturas (en algunos casos se ha ocupado el hueco con restos de otras partes del monasterio). Las que habitaban aquellos lucillos originalmente desaparecieron en aquella visita acaecida en 1819.

Años más tarde, en 1835, cuando los monjes aún no se habían recuperado de aquella catástrofe, llegó la desamortización de Mendizábal. El objetivo de aquel proceso no fue otro que el de echar a los monjes de sus monasterios o, en el término que se suele usar en este caso, exclaustrarlos, y poner estos lugares a la venta para que los particulares pudieran hacer uso de ellos. Como resultado, los monjes tuvieron que volver cada uno a la casa de su familia, el que la tuviera, y si no a mendigar. Por si fuera poco, los edificios de este calibre eran difíciles de costear y más aún de mantener, por lo que muchos de ellos quedaron sin comprador y no les quedó otro destino que el del abandono, terminando la mayoría en ruinas.

Por suerte para el monasterio de La Santa Espina apareció un señor llamado Ángel Juan Álvarez, marqués de Valderas, quien adquiriría el edificio. Años más tarde su viuda, doña Susana de Montes y Bayón, se encargaría de reconvertir el monasterio con la ayuda de los Hermanos de La Salle en una escuela agraria destinada a los huérfanos de las inmediaciones, con la intención de enseñarles el oficio para que así pudieran trabajar las tierras que les habían dejado sus familias. Así nació la escuela agraria más antigua de España, de gran prestigio y en funcionamiento a día de hoy. En la actualidad cuenta con casi un centenar de alumnos internados de entre 17 y 55 años, y ha recibido varios premios por su labor a lo largo de la historia.

Volviendo a la visita, el claustro procesional en el que se encuentran dichos sepulcros es también de la misma época que el de la hospedería. Sin embargo, en este caso este está construido sobre el original de estilo románico. Por lo visto, cuando se construyó la hospedería y se amplió el monasterio a finales del siglo XVI quisieron rehacer el claustro original para que tuvieran ambos el mismo estilo, destruyendo por el camino la que probablemente sería una obra de arte. Desde este claustro se pueden apreciar las torres de la fachada de la iglesia, así como el crucero, y una espadaña que sí formaba parte del claustro cisterciense original.

La sala capitular y la sacristía

En la parte oriental del claustro procesional se encuentran la sala capitular y la sacristía, datando ambas de finales del siglo XII y cuyo conjunto conforma la parte más antigua del monasterio. Nuestro guía nos contó que un profesor de historia del arte que había venido de Madrid a visitar el lugar le aseguró a sus alumnos que la sala capitular de La Santa Espina era la que mejor representaba en toda Europa la austeridad de los monjes cisterciences: con las puertas abiertas (vamos, sin puerta alguna) así como sus ventanas, para que siempre se pudiese escuchar desde el exterior lo que se hablaba dentro, y una decoración mínima tanto en los capiteles como en las bóvedas. La pequeña sacristía de estilo gótico que se halla junto a la sala capitular hizo las veces de capilla en los inicios del monasterio, y separaba las dependencias de los monjes de la iglesia cuando esta fue completada. Tras una breve explicación, accedimos a esta última desde aquí.

El interior de la iglesia

Dentro de la iglesia es donde se aprecia verdaderamente el paso de los siglos en lo que al arte se refiere. Las tres naves del fondo son del siglo XIII, diseñadas en estilo gótico primitivo, mientras que el presbiterio y el transepto son bastante posteriores, del siglo XVI, y siguen líneas renacentistas. El retablo mayor, de madera policromada y también renacentista (atención a la curiosa postura de los dos ladrones, nada habitual), no es el original de la iglesia, sino que procede del monasterio de Santa María de Retuerta, situado 30 km al este de Valladolid. La estatua de la Virgen María que preside el altar puede parecer de alabastro desde lejos, pero en realidad está hecha de resina y se trata de una copia de la original que se encuentra en la iglesia parroquial de San Cebrián de Mazote. Esta particularidad se debe a que el retablo original, realizado por completo en alabastro, desapareció, cómo no, tras el paso de los franceses. Los vecinos de San Cebrián, que por aquel entonces era el pueblo más cercano al monasterio, solo consiguieron salvar esta imagen, y como muestra de agradecimiento allí sigue. Del resto del altar de alabastro no queda prácticamente nada salvo unos pequeños paneles conservados en el Museo Frederic Marès en Barcelona.

La capilla de los Vega

En el lado de la epístola se encuentra la capilla de los Vega, una acaudalada familia que decidió construirse este panteón a principios del siglo XV en estilo gótico flamígero. Nuestro guía nos pidió que prestáramos especial atención a sus detalles, ya que los franceses destrozaron la mayoría de adornos y profanaron las tumbas durante la invasión napoleónica. Por toda la región de Castilla y León es bastante habitual encontrar lugares saqueados por nuestros queridos vecinos, pero en este caso no solo no se contentaron con robar lo que pudieron sino que lo que no podían llevarse lo destrozaron sin más. Una auténtica pena.

La capilla de la Santa Espina

Y como dijo el guía: «no digáis que habéis visitado el monasterio de la Santa Espina si no habéis visto la Santa Espina». Lo cierto es que el altar de esta capilla no es el original, pero en este caso la culpa no fue de los franceses sino de un incendio acaecido en 1731 (aunque si no hubiese habido incendio también se habrían llevado por delante este altar, no nos engañemos). El altar moderno custodia la famosa reliquia, que por suerte sí que se salvó del incendio y que se encuentra metida en un tubito de metal guardado dentro de una custodia. Según dicen, antiguamente existía la costumbre de que el sacerdote metiera la espina en el agua bendita, hasta que alguien llegó a la conclusión de que aquello terminaría por deteriorarla y decidieron preservarla en aquella estructura metálica. Nuestro anfitrión nos invitó a venerar la reliquia accediendo por una escalera trasera al altar, y pude ver de cerca aquel diminuto vestigio que tantas vueltas dio en su día y que supuso el germen de uno de los monasterios más bonitos del interior de España.

Visitado en noviembre de 2019.

Referencias / Información adicional

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