Reserva de Munieḷḷos

España

Reserva natural integral de Muniellos, Asturias

Hace un par de años en un día cualquiera, un compañero de trabajo me comentaba que ese fin de semana se iba de escapada a Asturias, a visitar la reserva de Muniellos; como no había escuchado jamás hablar de ese sitio, me entró mucha curiosidad y le pedí que me contara más acerca de aquel lugar. Se trataba de una de las reservas naturales mejor conservadas de España, y también un tanto laboriosa de visitar: hace falta pedir un permiso por internet para ir un día concreto, y el régimen de visitas está limitado a veinte personas al día. Guardé aquella información en mi cabeza y, hace unos meses, concretamente el 15 de diciembre (fecha en la que todos los años se abren las reservas para el año siguiente), decidimos guardar dos plazas para un sábado de marzo (lo de buscar alojamiento ya vendría después).

Y por fin, llegó el esperado día. Nos levantamos temprano, con una ilusión infinita, dispuestos a visitar uno de los mayores robledales de España y probablemente de Europa. Habíamos pasado la noche cerca de allí, en una localidad llamada Sisterna (A Estierna en asturiano), y a eso de las 9:15 llegamos a Tablizas, en donde se encuentra el centro de recepción de visitantes de la reserva (la entrada a Muniellos permanece abierta de 9 a 10 de la mañana, a partir de esa hora los permisos se anulan). Nada más bajarnos del coche una señora nos pidió desde arriba que le lleváramos los permisos y los DNIs, así que eso hicimos.

Nos explicó, a nosotros y a otros senderistas que llegaron a la par, que había dos rutas: una circular de unos 18 km y otra lineal de 15 km. La circular era más complicada, con algunos tramos en los que hay que agarrarse a una cuerda para evitar despeñarse; por si fuera poco unos meses atrás una tormenta había arrancado muchos árboles y todavía no habían podido retirarlos, incrementando así su dificultad. La ruta lineal implicaba ir y volver por el mismo sitio, pero se tendría al lado durante todo el camino el río Muniellos y más tarde el arroyo la Candanosa, una de sus fuentes. Era invierno y en ese momento el paisaje fluvial estaba espectacular, así que entre eso y que no somos nada profesionales en estas cosas nos decidimos por la ruta lineal.

Pero, ¿qué significa eso de reserva natural integral? La reserva de Muniellos nació en el año 1970, cuando se decidió poner fin a la industria maderera en la zona (curiosamente, se tiene noticia de esta actividad ya a finales del s. XVI, cuando se aprovechó la madera de los árboles de Muniellos para reparar los barcos de la Armada Invencible que volvían de Inglaterra). Más adelante, en 1982, el bosque de Muniellos fue declarado Reserva Biológica Nacional y se restringió el acceso. Finalmente, en el año 2000, la Unesco lo designó Reserva de la Biosfera (no sé si lo sabéis, pero España es el país de Europa que más de estas reservas tiene). Desde entonces, la protección de este maravilloso entorno ha sido total, y para los amantes del senderismo representa uno de los mejores rincones de la península ibérica en los que encontrarse con la naturaleza.

Volviendo a la ruta, ésta comienza allí mismo, en Tablizas, a 674 m sobre el nivel del mar, en donde una pasarela de madera permite que las personas con movilidad reducida puedan admirar el parque al menos durante el primer kilómetro del recorrido; a partir de ahí, se sigue por la ribera del río Muniellos en sentido contrario al curso de sus aguas (podéis ver los detalles de nuestra ruta aquí). Los primeros 4 o 5 km del sendero son muy sencillos, con una cuesta muy poco empinada, y cuando fuimos nosotros a finales de invierno estaba impresionante. Tanto los árboles como las rocas estaban cubiertos de líquenes de todo tipo, y la atmósfera de las primeras horas del día acompañaba. Varios arroyos se van uniendo al río durante este recorrido, y en alguna que otra ocasión se pueden ver los restos de antiguos caminos de senderismo hoy cerrados al paso.

A partir de ahí, llega un momento en el que se produce la formación propiamente dicha del río Muniellos, fruto de la unión de tres arroyos a 825 m de altitud. El más importante de ellos, llamado arroyo la Candanosa, es el que hay que seguir, atravesando previamente una pasarela de madera y siguiendo las indicaciones de un cartel que reza «a las lagunas». A partir de ahí empieza lo bueno, como nos dijo la señora del centro de recepción, y lo que era una ruta sobre tierra y con poca pendiente se convierte en una subida bastante más seria de unos 3 km. No solo el desnivel la hace dificultosa; también el terreno, lleno de fragmentos desmenuzados de cuarcita y demás silicatos, que no hacen sino entorpecer y retrasar el ritmo de la marcha.

Y por fin, tras esa dura subida, llegamos a Las Tres Cruces (1.274 m), punto en el que la ruta lineal se une con la bajada de la ruta circular y con la subida a las lagunas. Habíamos llegado bastante pronto, y todavía teníamos tiempo de sobra para subir y volver (en el centro de recepción nos recomendaron empezar la bajada de vuelta a las 15:00 estuviéramos donde estuviéramos para llegar antes del cierre del parque, y aún no era ni mediodía), así que decidimos subir a ver las tres lagunas. Esta subida es más sencilla que el último tramo del arroyo la Candanosa, más que nada porque ya no se va por el propio cauce del río sino bordeando el valle, por lo que el terreno presenta mucho menos desnivel. Aún así, en ese tramo empezamos a ver hielo en el camino, y en algún que otro punto había que tener mucho cuidado a la hora de poner los pies para no precipitarse al vacío en un descuido.

Pero el esfuerzo tuvo su recompensa, y llegamos a la primera de las lagunas, llamada laguna la Isla. Esta laguna, al igual que las otras dos, es de color rojizo por su alto contenido en hierro, lo que se hace más evidente en el sumidero (me recordó al río Tinto, en Huelva). Uno de los grupos que entraron ese día al parque ya estaba allí, y estaban buscando la subida a la segunda laguna, la cual se encontraba a la derecha del sumidero. Ésta se hace por una pared de piedras blancas muy empinada (de hecho, la ruta no se veía desde abajo, solo se hace evidente una vez estás sobre ella, y a veces ni aún así). En el último tramo incluso tuvimos que agarrarnos con las manos para subir algún que otro escalón (seguro que a los senderistas experimentados aquello les parece poca cosa, pero a nosotros nos valió como una gran aventura).

La segunda laguna, llamada laguna Fonda, se nos presentó como más salvaje, con algo de nieve alrededor, y se podían ver ranas nadando entre sus aguas (y muchos huevos de rana también). A partir de ahí no se veía ningún camino marcado para subir a la tercera laguna, así que nos aventuramos e intentamos dirigirnos hacia donde creíamos que estaba. Subimos hasta que el camino dejó de parecernos seguro, y entonces decidimos dar media vuelta, pero no sin antes quedarnos con una inolvidable vista de la primera laguna y del valle (al volver al centro de visitantes, le preguntamos a la señora y nos confirmó que el camino de la segunda a la tercera no existe, y que la gente que llega a esta última lo hace bajo su propia responsabilidad… menos mal que desistimos a tiempo).

La vuelta al centro de visitantes fue mucho más rápida, como os podéis imaginar, ya que es en todo momento cuesta abajo; el sol ya estaba alto, y los colores de la vegetación mucho más vivos, por lo que nos dio la sensación de estar admirando un paisaje diferente al que habíamos visto aquella misma mañana. Y así fue nuestra visita al bosque de Muniellos, un encantador paraje en la esquina sudoccidental de Asturias; si alguna vez os animáis a conocerlo, recordad que hay que reservar con mucha antelación, y que dependiendo de la época del año (o de la buena o mala suerte que tengáis ese día con el tiempo) la experiencia puede ser radicalmente distinta.

Visitado en marzo de 2019.

Referencias / Información adicional

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One Comment

  1. ¡Qué sitio más bonito!

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