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Château de La Bretesche

Francia

Castillo de La Bretesche, Francia

No se sabe muy bien de donde proviene el topónimo «Brestesche»; unas fuentes dicen que del latín vulgar «brittisca» (es decir, británica o bretona), y otras que del también latín «bretechia», que designaba a la parte de la fortaleza que permite defender su entrada. Lo que sí se sabe con seguridad es que en el lugar conocido como La Bretesche, muy cerca de la localidad francesa de Missillac, se construyó una fortaleza en el siglo XIV que pasaría a formar parte de la línea defensiva de la villa de La Roche Bernard, perteneciente por aquel entonces al ducado de Bretaña. Dicha fortaleza fue incendiada en 1793, durante la Revolución francesa, y restaurada a principios del s. XIX bajo diseño de Eugène Viollet-le-Duc, responsable también del restablecimiento de la célebre ciudadela de Carcasona.

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Guéhenno

Francia

Guéhenno, Francia

En el interior de la Baja Bretaña se manifiesta un patrón de arquitectura religiosa conocido como recinto parroquial, o enclos paroissial en francés. Estos complejos suelen estar compuestos por una iglesia, el cementerio adyacente, un osario, y el denominado calvario (una versión algo más recargada de los cruceiros que pueblan los caminos de Galicia). En algunos casos, pero no en todos, el conjunto suele estar encerrado dentro un muro al que se ha dotado de un arco triunfal que sirve de acceso. De ahí el nombre de enclos (lit. cercado o vallado).

De todos estos calvarios, siete son los considerados monumentales, que se encuentran respectivamente en las localidades de Saint-Jean-Trolimon, Pleyben, Plougastel-Daoulas, Guimiliau, Saint-Thégonnec, Plougonven y Guéhenno. Tuve la oportunidad de visitar los seis primeros, situados en el departamento de Finistère, como parte de un viaje a Bretaña y Normandía que hicimos en el año 2009. El séptimo, el de Guéhenno, es el que más al este se encuentra, en el departamento de Morbihan (muy cerca de Josselin), y lo visitamos por fin en nuestro regreso a Bretaña nueve años después. Faltaba poco para el atardecer cuando llegamos a esta localidad de apenas 800 habitantes, cuyas residencias se hallan dispuestas alrededor de la iglesia de San Pedro y San Juan Bautista.

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Camaret-sur-Mer

Francia

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Camaret-sur-Mer, Francia

Camaret-sur-Mer es una pequeña localidad pesquera situada en el extremo occidental de la península de Crozon, en la Bretaña francesa. Después de visitar la Pointe de Pen-Hir, 4 km al sur en su término municipal, nos desplazamos hasta allí con la intención de ver una torre defensiva incluida en el Patrimonio de la Humanidad de la Unesco como parte de las Fortificaciones de Vauban. Esta torre, conocida como Tour Vauban, se encuentra en una especie de espigón natural llamado le Sillon —¿la zanja?— que protege el puerto de Camaret de las fuertes olas provocadas por los vientos del oeste.

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Pointe de Pen-Hir

Francia

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Pointe de Pen-Hir, Francia

La Bretaña francesa posee uno de los litorales más accidentados de la Europa continental, alcanzando su máximo punto de irregularidad en la península de Crozon —Presqu'île de Crozon—. Este promontorio, que tiene forma de cruz latina orientada hacia el oeste, separa la rada de Brest de la bahía de Douarnenez (podéis verlo aquí o en el mapa que como de costumbre dejo al final de la entrada) y es hogar de varias localidades y paisajes que bien merecen la pena una visita. El extremo occidental de la península tiene a su vez otros tres brazos, llamados Pointe du Grand Gouin, Pointe du Toulinguet y Pointe de Pen-Hir, pertenecientes a la localidad de Camaret-sur-Mer. De este último, el más escénico de los tres, voy a hablar hoy.

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Île Callot

Francia

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Île Callot, Francia

Tenía muchas ganas de visitar este lugar. Tras consultar los horarios en internet, vimos que las mareas bajas para aquel día empezaban a las 8’15 y a las 20’40, así que decidimos dejar nuestra visita para por la noche, para hacerla coincidir con el atardecer. Cuando llegamos a la localidad de Carantec, en la costa norte de Bretaña, la marea aún estaba alta (serían más o menos las 7 de la tarde). Al acercarnos con el coche los carteles lo dejaban bien claro: prohibido el paso de vehículos a motor, salvo residentes. ¡Y cuidado con las mareas! Nosotros aparcamos en Carantec y fuimos andando hasta el final del camino, en donde una carretera conducía hasta el agua y, de pronto, sin más, desaparecía.

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© Joaquín Ossorio Castillo