Santander (Mayo de 2018) (Capítulo I)

España

Introducción

Cuando visité Santander por primera vez, allá por la primavera de 2018, lo último que me imaginaba es que acabaría viviendo en esta ciudad siete años después, tras más de una década asentado en Santiago de Compostela. Pero la vida da muchas vueltas, como bien se sabe, y aquí nos quedaremos por un tiempo indefinido, por lo que parece una ocasión perfecta para rescatar las fotos que tomé en aquella ocasión de la capital montañesa y que naturalmente ahora veo con otros ojos tras haber caminado durante varias semanas por sus calles y cuestas, ya no como turista ni viajero, sino como alguien que empieza a construir una nueva vida en este lugar.

En aquella ocasión, ya algo lejana, aunque tampoco demasiado, aproveché la vuelta de un encuentro matemático en Montpellier para dedicar unos días a conocer Cantabria, una de las comunidades autónomas en las que por aquel entonces todavía no había puesto los pies. Hacía un día fantástico, y tras haber pasado la mañana explorando Liérganes —población de la que también debería hablar en algún momento—, llegué a Santander sin saber muy bien a dónde dirigirme. Al final me decanté por aparcar el coche en un aparcamiento bajo la calle Castelar, cerca de la dársena de Puertochico, para así dar un paseo por esa zona, ampliamente recomendada en las webs que había consultado a contrarreloj.

Puertochico y el Real Club Marítimo de Santander

En Puertochico se emplazaba originalmente el barrio pesquero de Santander, hasta que en 1942 —poco después del gran incendio que destruyó el centro histórico medieval de la ciudad— fue reubicado en un nuevo poblado situado al sudoeste de allí, conocido desde entonces como Sotileza. Junto a la antigua dársena, que en la actualidad acoge el puerto deportivo, se encuentra la sede del Real Club Marítimo de Santander, un curioso edificio que parece flotar sobre el mar gracias a estar asentado sobre unos pilotes de hormigón armado. Este club náutico, uno de los más importantes de España, cumplirá en 2027 su primer centenario, y cuenta entre otras cosas con una prestigiosa escuela de vela ligera (sin ir más lejos, de aquí salieron dos medallistas olímpicos españoles: Antonio Gorostegui y Alejandro Abascal).

El monumento a los «raqueros»

Cerca del club náutico se encuentran los vecinos más emblemáticos del barrio: los «raqueros», un conjunto escultórico de bronce compuesto por varios niños desnudos que observan el mar mientras uno de ellos se lanza de cabeza hacia el agua. ¿Y qué representan exactamente? Pues resulta que los «raqueros» —palabra proveniente de la voz inglesa «wrecker», usada para designar a aquellos que, de forma ilegal, se dedicaban a recuperar los bienes de los naufragios en la costa— eran un grupo de niños que residían entre las grúas del antiguo puerto de Santander y que se ganaban la vida rescatando mercancía caída al mar o incluso recuperando las monedas que los transeúntes adinerados les tiraban al agua. Fueron realizados por el escultor santanderino José Cobo Calderón en 1999 e instalados poco después en su emplazamiento actual, con el fin de mantener viva su memoria. Recuerdo que lo primero que pensé nada más verlos fue: «mejor tener cuidado fotografiando a esta gente, no vaya a acabar en el agua yo también».

El Palacete del Embarcadero y la Grúa de Piedra

Siguiendo mi recorrido por el paseo marítimo, llegué hasta el Palacete del Embarcadero, antigua estación de pasajeros del puerto inaugurada en 1932 y que desde 1985 funciona como palacio de exposiciones. De estilo historicista, fue diseñado por el arquitecto Javier González de Riancho, uno de los grandes artífices de la remodelación que sufrió Santander en el siglo xx y del que ya hablé al referirme a la Casona de Fuentes Pila en Puente Viesgo1, también obra suya. A pocos metros del palacete se alza la Grúa de Piedra, un antiguo mecanismo de izado del puerto con estructura de acero y base de piedra que servía para descargar los barcos mercantes que atracaban en este muelle. Esta grúa supuso una mejora significativa cuando fue construida en el año 1900, ya que permitía mover cargas de hasta treinta toneladas gracias a su propio peso y al impulso de una máquina de vapor. En los años noventa del siglo pasado quedó fuera de servicio y un tiempo después se decidió restaurarla para que quedara como testigo del pasado portuario e industrial de este barrio.

El Centro Botín

Tras la grúa se emplaza el Centro Botín, un espacio de arte inaugurado apenas un año antes de aquella primera visita, obra de los arquitectos Renzo Piano y Luis Vidal. No suelen gustarme los edificios modernos, todo hay que decirlo, pero en este caso me pareció una construcción muy elegante y espectacular, sobre todo cuando observé desde otros puntos del muelle cómo sus dos volúmenes se suspendían parcialmente sobre las aguas de la bahía de Santander. A día de hoy sigo sin haber subido por sus pasarelas, que sirven de mirador, ni tampoco he visitado las salas de exposiciones de su interior, pero supongo que ahora que vivo cerca no tengo excusa, sobre todo para lo primero. Como curiosidad, originalmente iba a ser edificado donde se encuentra la Grúa de Piedra, mientras que esta sería trasladada a algún otro lugar del puerto, pero la presión vecinal consiguió que la grúa quedara donde está y que el centro acabara en su ubicación final.

Los Jardines de Pereda

Tanto la grúa como el Centro Botín se encuentran junto a los Jardines de Pereda, inaugurados en 1905 y bautizados en honor de José María de Pereda, célebre escritor cántabro del siglo xix autor de varias novelas costumbristas ambientadas en su tierra (sin ir más lejos, en 1864 publicó una obra llamada Escenas montañesas en la que hablaba, entre otras cosas, de los «raqueros» del puerto, a los que mencioné previamente). En el centro de los jardines, como era de esperar, se encuentra un monumento dedicado al escritor, realizado en 1911 por el escultor e ilustrador Lorenzo Coullaut Valera, natural de Marchena (en Sevilla tenemos una de sus más ilustres creaciones: el escénico monumento a Gustavo Adolfo Bécquer situado en el Parque de María Luisa, del que ya hablé en su día).2 El conjunto consta de una «montaña» de piedra —en clara alusión a su tierra, como ya mencionó el escritor Marcelino Menéndez Pelayo en su inauguración— sobre la cual se erige una estatua del autor, mientras que en el irregular pedestal se reparten varios relieves que representan escenas de cinco de sus novelas: La leva (1871), El sabor de la tierruca (1882), Sotileza (1885), La puchera (1889) y Peñas arriba (1895). Tengo pendiente acercarme un día de estos a hacerle mejores fotos, sobre todo de los detalles, ya que me parece un monumento espectacular al que no presté demasiada atención en aquel primer encuentro.

El edificio Pereda, sede central del Banco Santander

Frente a los jardines de Pereda, en el paseo homónimo situado en el lado opuesto al puerto, un edificio parece sobresalir sobre todos los demás. Se trata de la sede central del Banco Santander, con rasgos historicistas y neoclásicos y compuesto por dos alas gemelas y un enorme arco que no solo las conecta sino que también permite el paso de vehículos y peatones por la calle sobre la que se eleva. Investigando sobre él he descubierto que no siempre fue así: originalmente solo existía lo que hoy se corresponde con el ala derecha —los números 11 y 12 del paseo de Pereda—, construida en 1795 y que albergaba en sus inicios un club de regatas y un hotel. Posteriormente, en 1919, el Banco de Santander adquirió el inmueble y este sufrió una importante remodelación a manos del arquitecto Ricardo Bastida. Más tarde, en 1958, el mismo banco adquirió los bloques adyacentes —números 9 y 10—, encargando su demolición para edificar otra ala idéntica a la ya existente y unirla a esta mediante el arco que vemos ahora, encargándose de este proyecto el ya mencionado Javier González de Riancho.

Sobre el enorme arco se observa el escudo de Santander en toda su gloria, compuesto de la Torre del Oro y de uno de los barcos del almirante Ramón Bonifaz que, como ya expliqué en mi entrada sobre Laredo,3 rompieron las cadenas que unían Sevilla con Triana durante la reconquista de la capital hispalense allá por 1248. También se ven dos cabezas que no aparecían en el escudo de Laredo pero sí en el de Cantabria: se trata de san Emeterio y san Celedonio, patrones de la diócesis de Santander —junto a la Virgen de la Bien Aparecida— y soldados romanos que, según la tradición, fueron decapitados por profesar el cristianismo en el año 298 (en una visita posterior pude ver los relicarios que supuestamente guardan ambos cráneos, custodiados en la Catedral de Santander). Según la página dedicada al edificio en la web de la Fundación Banco Santander —en la que por cierto se muestran fotos antiguas muy interesantes de este—, rematando la fachada se pueden ver varias esculturas que representan «las artes, la cultura, el comercio y la navegación» y un friso con una «alegoría de la banca [como protectora de] la industria, los altos hornos, la minería y los deportes»4 (prefiero citar textualmente porque personalmente no acabo de identificar todas esas representaciones, pero tampoco voy a contradecir a la fuente más oficial que he encontrado). En la actualidad y desde hace varios años —en una escapada en noviembre de 2023 ya nos lo encontramos así—, el edificio se halla completamente andamiado por una remodelación que está siendo llevada a cabo por el arquitecto David Chipperfield y que pretende transformar la sede en un nuevo espacio cultural abierto al público «dedicado al arte y la tecnología».5

Los edificios de la Delegación de Correos y del Banco de España

Junto a los jardines también se ubican otros dos edificios dignos de mención: el de la Delegación de Correos, de estilo regionalista montañés, y el del Banco de España, de corte clasicista. El primero, inaugurado en 1926 y diseñado por los arquitectos Secundino Zuazo y Eugenio Fernández Quintanilla, sigue cumpliendo con su función a día de hoy (de hecho, no hace mucho tuve que entrar dentro a enviar un paquete), y frente a este hay un monumento al rey Alfonso XIII, que gustaba de pasar los meses estivales en la capital montañesa, como ya explicaré cuando me toque hablar del Palacio de la Magdalena. Tras el edificio de Correos se asoma la catedral de la Asunción, el templo cristiano más importante de Santander, pero en aquella ocasión —raro en mí— decidí dejarla para una futura visita.

En contraposición al de Correos, el edificio del Banco de España, construido entre los años 1924 y 1925 por el arquitecto Eloy Martínez del Valle, actualmente se encuentra completamente vaciado por dentro, ya que el 8 de febrero de 2024 comenzaron las obras para rehabilitarlo y convertirlo en sede del Museo Reina Sofía, conservando solo la fachada y el escudo de España que la corona. Muy cerca de esta construcción se halla un monumento conmemorativo al gran incendio que tuvo lugar en Santander en febrero de 1941 —en plena posguerra, lo que dificultó las labores de reconstrucción— y que supuso la destrucción del casco antiguo de la ciudad, transformando para siempre su estructura urbana. Los edificios del Banco de España y de Correos fueron de los pocos que se salvaron, pero la catedral quedó seriamente dañada.

La plaza Porticada y el monumento a Pedro Velarde

Como parte de esa reconstrucción del casco antiguo de Santander se inauguró en 1950 la plaza Porticada, una de las más famosas de la localidad y que hasta 1990 acogió el Festival Internacional de Santander. En realidad, su denominación oficial es «plaza de Pedro Velarde», y haciendo honor a su nombre se emplaza en su principal acceso un enorme monumento dedicado al mencionado, uno de los héroes de la guerra de la Independencia española que, junto al militar sevillano Luis Daoiz, se sumó al levantamiento contra el invasor francés el 2 de mayo de 1808. Pedro Velarde y Santillán nació en Muriedas, localidad cántabra situada a apenas 7 km de Santander, en una casa que en la actualidad acoge el Museo Etnográfico de Cantabria, por lo que no es de extrañar que la capital montañesa le dedicara este monumento, inaugurado en 1880 y que ha ocupado diversas localizaciones a lo largo de los años hasta llegar a la actual en 2008 (de hecho, entre los santanderinos existe una expresión que hace referencia a esto: «te mueves más que Velarde»).

En cuanto a la plaza, es de estilo neoherreriano, muy típico de la arquitectura de la posguerra y del franquismo, y es nuevamente obra del arquitecto Javier González de Riancho, que se inspiró en el antiguo edificio de la aduana situado en ese mismo lugar y que desapareció en el incendio de 1941. La plaza es de planta cuadrada rodeada por soportales, de corte sobrio y simétrico, y entre sus edificios acoge la sede de la Fundación Caja Cantabria, antigua Caja de Ahorros de Santander y Cantabria, de grandiosa entrada. Tanto la plaza como el monumento ya eran visibles desde donde me encontraba, y atravesando la calle de Calvo Sotelo llegué hasta el pedestal para, alzando la vista, fijarme en que Velarde no miraba hacia delante, como sería lo natural, sino hacia la derecha. Leyendo sobre ello mientras escribía esta entrada he descubierto que esto no es arbitrario: a pesar de las múltiples veces en las que se ha reubicado el monumento, siempre se ha emplazado de forma que su sable apunte hacia el este, hacia la frontera con Francia.

Continuará…

Bibliografía

Notas

  1. Puente Viesgo, Cantabria. Publicado el 11 de noviembre de 2023.
  2. Sevilla: Glorieta de Bécquer. Publicado el 24 de agosto de 2014.
  3. Laredo: Iglesia de Nuestra Señora de la Asunción y cadenas del Puente de Barcas de Sevilla. Publicado el 17 de enero de 2024.
  4. Faro Santander: El edificio. Fundación Banco Santander. Consultado el 10 de agosto de 2025.
  5. Faro Santander: ¿Qué es?. Fundación Banco Santander. Consultado el 10 de agosto de 2025.

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