L’Angliru (Septiembre de 2025)

España

El Alto de l’Angliru en la Vuelta Ciclista a España 2025

El plan, al menos sobre el papel, parecía sencillo: había quedado con mi buen amigo el señor Ó. a las 9:30 de la mañana en un lugar llamado «Hotel – Albergue Mirador del Angliru», que según Google Maps estaba temporalmente cerrado pero disponía de un enorme aparcamiento. El objetivo era llegar temprano, dejar allí el coche, y comenzar el ascenso a pie hasta la cima del Alto del Angliru, para luego buscar un buen sitio en el que ver en primera fila cómo los ciclistas de la Vuelta a España 2025 se dejaban la vida escalando el que para muchos es uno de los peores ascensos de toda Europa. Desde aquel lugar había unos 8,5 km hasta la meta de la etapa, situada en lo más alto, y si bien la inclinación media lo hacía extremadamente exigente (se llega a alcanzar una pendiente máxima del 23,5% en el tramo conocido como Cueña les Cabres), todo era cuestión de subir tranquilamente, poco a poco, ya que disponíamos de más de siete horas hasta que la cabeza de carrera llegara hasta la meta.

Pero una cosa es el plan y otra muy distinta lo que al final acaba ocurriendo. El primer problema vino cuando llegué, a eso de las 9:20, a un pueblecito llamado La Vega, perteneciente al concejo asturiano de Riosa, que es donde comienza la subida propiamente dicha (desde aquí son 12,5 km de ascenso en los que se salva un desnivel total de 1266 m, casi nada). Justo en este punto me encontré con un par de coches de la Benemérita y un enorme luminoso de «carretera cortada». Tras preguntarle a los agentes, me dijeron que no me quedaba otra que aparcar en el pueblo y continuar andando hasta arriba. «Bueno, pues eso es lo que hay», pensé.

Lo cierto es que, tras nuestra experiencia en Cabeza de Manzaneda el año anterior, pensábamos que con llegar a esa hora sería más que suficiente para encontrar sitio, pero el Angliru es el Angliru, y el pueblo ya estaba hasta arriba, con coches aparcados en lugares impensables desafiando las leyes de tráfico y de la física. Por suerte para mí, tras casi media hora dando vueltas y a punto ya de tirar la toalla se me acercó una anciana cargando con una bolsa de la compra y me dijo «yo tengo el coche en la plaza de las Flores y voy a dejar un sitio libre, sígueme y aparcas ahí». Me deshice en siete mil agradecimientos con la señora y estacioné con mucho gusto en aquel fortuito espacio que me había dejado.

Tras bajarme del coche llamé a mi compañero de jornada, presuponiendo que se encontraría en ese mismo pueblo buscando aparcamiento, pero me dijo que lo habían desviado por otro sitio —él iba desde Galicia y yo desde Santander— y que prácticamente había llegado al punto de encuentro en el que habíamos quedado, usando la —por llamarla de alguna manera— carretera de Santa Eulalia, pero con la mala fortuna de que, aparcando el coche en un lateral, se le había atascado en el fango y había tenido que llamar a la grúa. Con las carreteras cortadas y en semejante tesitura, no me quedó otra que comenzar el ascenso en solitario y desplazarme a donde él tenía el coche. Eran unos 6 km de recorrido y quedaba por ver quién llegaba antes, si la grúa o yo.

Tras hora y cuarto de camino y atravesar las aldeas de El Teleno y Porcío, llegué al cruce en el que habíamos quedado originalmente para así descubrir por qué el plan de dejar el coche en el hotel albergue aquel con tan amplio aparcamiento que se encontraba allí mismo estaba destinado al fracaso desde el minuto uno: la explanada frente a este estaba llena de camiones de la organización de la Vuelta, y al final de esta habían montado nada menos que el escenario en el que se celebraría el podio de la etapa unas horas más tarde. En realidad tiene sentido, puesto que arriba no hay mucho espacio que digamos; se ve que no soy el único que pensó que aquel lugar era una buena base de operaciones…

Poco después del cruce me encontré con el señor Ó. y su malogrado vehículo. Como la grúa no había llegado todavía, intentamos sacarlo entre los dos, pero aquello parecía una tarea imposible, sobre todo si en los primeros intentos —mea culpa, pues fui yo quien se puso al volante— se te olvida quitar el freno de mano y tienes a tu amigo echando el hígado empujando para nada. Al final apareció un espontáneo que se ofreció a subirse en el capó del coche para que la rueda delantera derecha tuviera más tracción y conseguimos sacarlo del fango. Victoria; grúa cancelada y coche bien aparcado. Ya podíamos comenzar el ascenso al Angliru que habíamos planeado, aunque yo ya llevaba más de 6 km cuesta arriba encima que no estaban en la previsión inicial y que me acabarían pasando factura (?).

La verdad es que no esperábamos encontrar tanta gente. Poco después del cruce llegamos al área recreativa de Viapará, que estaba hasta arriba de autocaravanas, y a partir de aquel punto el ascenso ya parecía una romería. Había de todo: personas caminando en solitario; parejas; grupos de amigos; familias numerosas; dueños tirando de sus perros; perros tirando de sus dueños… y ciclistas, muchos ciclistas, todos intentando emular la hazaña de subir a la cima de aquel célebre puerto unas horas antes que los profesionales. Hasta vimos a una persona montada a caballo, pero luego descubrimos que tenía el establo en uno de los últimos tramos del Angliru, así que el animal debe de estar acostumbrado a trotar por allí.

Poco a poco fuimos pasando hitos uno tras otro, algunos delimitando los sectores del Angliru —todos con nombre propio—, y otros enmarcados en esos arcos tan característicos que señalan los diez últimos kilómetros de una etapa ciclista que preceden a la meta, cada uno adornado con los logotipos de un patrocinador distinto. A medida que seguíamos subiendo daba más la sensación de que el siguiente arco estaba más lejos que el anterior, sobre todo en esos tramos como el de Les Cabanes en donde las pendientes ya empiezan a ser algo serio. Recuerdo perfectamente que por esta sección nos adelantó un señor que pasaría de los setenta años y que iba con una bicicleta adaptada impulsándose solo con la pierna derecha, ya que la izquierda parecía no tener movilidad. Desconozco si llegó a lo más alto, pero con semejante actitud estoy convencido de que sí.

Pasada la primera horquilla de Les Cabanes nos encontramos con un cartel que me transportó por un momento a lo que parece ser ya otra época, pues hablaba de Roberto Heras, Joseba Beloki, Óscar Sevilla y Aitor González en la Vuelta a España 2002. A pesar de la fama del Angliru, ni se ha subido tantas veces en la Vuelta como uno podría creer ni su tradición se remonta a tanto tiempo atrás (sin ir más lejos, la primera vez que la Vuelta ascendió el Angliru fue en el año 1999, en donde el Chava Jiménez le arrebató la victoria al ruso Pável Tonkov en la misma línea de meta). Contando con la de aquel año, se ha subido en un total de diez ediciones y, si bien no recuerdo aquella primera ocasión, ni tampoco la del cartel, sí me vienen a la cabeza ecos de una similar en el año 2000, cuando ganó Gilberto Simoni y el gran Roberto Heras consiguió un récord de ascenso que le ayudaría a consolidar el jersey oro —el rojo actual no se implantaría hasta 2010— que le había arrebatado a Ángel Casero dos días antes en Covadonga (un mejor tiempo de subida que a día de hoy sigue vigente). Aquella Vuelta me la tragué prácticamente entera sentado en una butaca en Castilblanco de los Arroyos: por las tardes veía la etapa, y al día siguiente mis abuelos me compraban el As y me pasaba media mañana haciendo números con la clasificación general mientras ellos leían el ABC y El Correo de Andalucía. También guardo en la memoria que todos los días salía una viñeta de Francisco Ibáñez en la que aparecían Mortadelo y Filemón explicando diferentes términos ciclistas, como «pájara», «montonera», etc., pero a su manera; o simplemente haciendo de las suyas, como os podéis imaginar. Sí que ha llovido desde entonces…

Pero volvamos al presente, o al menos al presente de la historia que nos atañe. Llegados a este punto era preciso hacer un pequeño descanso y disfrutar de las vistas ya que, como podéis comprobar en las fotos, en todo momento teníamos una capa de nubes sobre nuestras cabezas, pero pasado el arco del km 4 para meta el cielo comenzó a abrirse y al norte apareció de la nada el macizo del monte Monsacro, que alcanza una altura de 1055 m en su cumbre más alta. La fotografía que comparto ahora es la única panorámica que hice aquel día, y como ejercicio me entretuve un rato en escribir una leyenda con todos los picos que aparecen en ella (la podéis ver a tamaño completo aquí). Si os fijáis bien, en la lejanía se aprecia la ciudad de Oviedo, que reconocimos fácilmente a simple vista gracias a la singular y para muchos nada afortunada silueta del «centollu» de Calatrava, el Palacio de Congresos, en donde, por cierto, me alojé una vez (dato irrelevante). También se avista el monte Naranco, que desde allí parecía una pequeña colina a pesar de sus 634 m de cota máxima sobre el nivel del mar.

Probablemente, que la niebla hubiese ocultado en todo momento el trayecto que teníamos por delante era algo bueno, ya que de lo contrario se habría mostrado ante nosotros mucho antes la realidad de la crudeza de aquel ascenso. En cualquier caso, pasado el arco de los 2 km a meta me sobrevino una fatiga, más mental que física, que no me permitía continuar, y que no recordaba haber sufrido nunca hasta ese extremo. Hicimos algunas paradas a lo largo del trayecto, para qué mentir, pero a medida que avanzábamos por el sector más duro, el de La Cueña les Cabres, cada vez pasaba menos tiempo entre que necesitaba un descanso y el siguiente (supongo que gran parte de la culpa se debía a no estar acostumbrado a este tipo de esfuerzos, pero también el saber de antemano que aquel puerto era de los más duros y que me encontraba en el tramo conocido como «el infierno del Angliru» no creo que ayudara lo más mínimo). Así que, decidido a no dar un paso más, me planté y me senté en un poyete situado al lado de la carretera, tras lo cual le dije a mi compañero: «Sube tú si quieres que yo te espero aquí, paso del tema».

En lugar de eso, el señor Ó. me propuso muy sabiamente sentarnos allí para reposar, beber agua y comer tranquilamente, y descansar un buen rato para hacer la digestión, que teníamos aún tiempo de sobra, y luego ya veríamos cómo me encontraba y si merecía la pena seguir o no. Así que eso hicimos; me zampé uno de los dos bocatas de jamón serrano que llevaba encima —si eso no me resucitaba ya nada lo haría—, y estuvimos cerca de una hora allí sentados. En ese tiempo nos dedicamos simplemente a observar a los ciclistas aficionados que pasaban delante de nosotros, la mayoría con cara de estar reventados, algunos incluso echando el pie a tierra cuando la bicicleta directamente no parecía querer avanzar. Poco a poco fui recapacitando y dándome cuenta de que no estaba tan agotado como creía, y que la meta estaba más cerca de lo que me parecía. Por eso, llegado el momento, y como si no hubiera sido yo el causante de aquella extensa parada, me levanté de un salto y dije: «Venga, un último esfuerzo, que no queda nada», y allá que fuimos.

Al poco de superar la última horquilla de La Cueña les Cabres el cielo se abrió del todo —o, más bien, atravesamos andando la última capa de nubes, dejándola atrás— y el paisaje cambió radicalmente gracias a estar bañado por la luz del sol. En lo más alto se veía por fin el accidente que marca el comienzo del último tramo del puerto: una formación rocosa que funciona como mirador natural. El arco del último kilómetro se encontraba allí mismo, pero no pudimos superarlo porque las autoridades solo permitían avanzar a partir de ese punto a las personas con autorización (desconozco si esto es una práctica habitual en el Angliru o si era una medida preventiva por las manifestaciones a favor de Palestina y en contra de la participación del equipo Israel-Premier Tech en la Vuelta que tuvieron lugar este año y que provocaron diversos cambios y cancelaciones en algunas etapas). En cualquier caso, aquel último tramo era prácticamente llano; no podíamos llegar al Alto del Angliru propiamente dicho, pero nos sentíamos igualmente satisfechos por haber alcanzado el mirador. El resto ya no estaba en nuestra mano.

El ambiente en lo más alto del Angliru era impresionante. En cualquier rincón al que mirásemos había ciclistas sentados o desparramados por el suelo o contra las rocas, todos descansando del sobreesfuerzo que supone llegar hasta allí y aguardando pacientemente la arribada del pelotón (o de lo que quedara de él). Había llegado el momento de buscar un sitio en el que hacer lo propio, pero como no nos apetecía pasar las siguientes horas al sol decidimos volver por donde habíamos venido para así buscar algún recoveco a la sombra en el que esperar. Al final nos decantamos por la horquilla en la que comienza el sector de El Aviru, a menos de 1 km de la cima. Este tramo se encuentra justo después de La Cueña les Cabres y supone el último arreón antes de coronar la cima, con pendientes que van entre el 14,9 y el 21,6%, así que no parecía un mal sitio en el que disfrutar de lo que prometía ser el colofón de aquella grandiosa excursión a tierras asturianas.

No recuerdo cuánto tiempo estuvimos allí esperando, pero gracias a que las nubes habían desaparecido podíamos otear desde el borde de la carretera todo el camino que habíamos ascendido. Se avistaban las pronunciadas curvas de la subida, la mancha blanca que formaban las caravanas del área de Viapará, el albergue en el que iban a celebrar el podio, y allá a lo lejos el pueblecito de La Vega de Riosa, en donde había aparcado el coche hacía miles de horas y que supone el comienzo oficial del puerto. Cuando nos enteramos por internet que la cabeza de carrera había llegado a este punto empezamos a estar atentos; los ciclistas no se veían desde allí, pero sí un minúsculo borrón naranja que parecía estar a años luz de distancia y que era en realidad el helicóptero de la televisión. Estaba tan lejos y tan abajo que apenas se veía, y de hecho a veces le perdíamos el rastro para luego volverlo a reubicar, pero cuando comenzó a sobrevolar la aldea de Porcío ya alcanzamos a distinguir también a los coloridos ciclistas luchando contra el asfalto. Era cuestión de tiempo que llegaran a nuestra ubicación.

La gente ya estaba alerta, y los que todavía seguían pendientes del móvil gritaban cosas como «¡Parece que van Vingegaard y Almeida en cabeza!» o «¡Almeida está soltando a Vingegaard!». Al cabo de un rato todo eso empezó a dar igual; ya no nos hacía falta retransmisión alguna porque comenzamos a verlos a ambos con nuestros propios ojos, en la carretera situada inmediatamente bajo la nuestra, escalando el infierno del Angliru a un ritmo endiablado que desafiaba toda lógica. Efectivamente, João Almeida iba en cabeza, pero distaba mucho de haberse quitado de encima a Jonas Vingegaard, que parecía soldado a su rueda trasera. Antes de que nos diésemos cuenta ya los teníamos delante, y todos y cada uno de los aficionados allí presentes estallaron en un estruendo, dejándose el alma animándolos y apenas cediéndoles el sitio justo para pasar, como es tradición en las etapas de montaña (en pocos deportes tienes la oportunidad de tener a tus ídolos tan cerca mientras lo están dando todo, y creo que nunca me acostumbraré a la sensación de disfrutar de una etapa ciclista en primera fila). Poco difirió el resultado con respecto de lo que vimos allí: Almeida ganó la etapa seguido de Vingegaard a escasos centímetros, y este último mantuvo el jersey rojo hasta el final de la Vuelta. Una etapa histórica en la que, además, se quedaron a apenas un segundo de batir el récord de subida de Roberto Heras del año 2000, que por el momento seguirá vigente. Enorme Almeida y enorme Vingegaard.

Pero aquello no había terminado todavía. Ni medio minuto después ya estaban allí Jai Hindley y Sepp Kuss, decididos a pelear hasta el final por el tercer puesto —el último con segundos de bonificación para la general—, que se llevó finalmente el australiano del BORA1. Poco a poco fueron apareciendo corredores uno tras otro, la mayoría en solitario, luchando únicamente contra las criminales cuestas que los separaban de la meta, y nosotros fuimos aprovechando los huecos que los distanciaban para ir descendiendo, así los íbamos viendo a cada uno en un lugar diferente de la subida. Recuerdo algunos momentos muy curiosos, como cuando Ivo Oliveira llegó hasta donde le esperaban un grupo de portugueses y estos lo vitorearon tanto que acabó agarrándoles el palo selfie y se puso a grabarse con ellos mientras ascendía. También en otro tramo se encontraban varios aficionados clamando a cada ciclista que pasaba que hiciera un caballito; la mayoría los ignoraban, como era esperable, suficiente tenían ya encima, pero uno de ellos, Joel Nicolau, del Caja Rural, no solo les cumplió el deseo sino que lo hizo en hasta tres ocasiones (!).

El ambiente era increíble en cualquier rincón de la carretera, y el descenso se fue haciendo muy ameno hasta que pasó Sergio Chumil, el farolillo rojo de la etapa (a quien por cierto vimos ganar en el Cebreiro unos meses antes, en un sprint final apoteósico contra Derek Gee, pero esa es otra historia). En ese momento se produjo una desbandada general, de vehículos y de ciclistas tanto profesionales como aficionados, que iban bajando por el carril derecho tocando el claxon o el silbato para que los pobres mortales que habíamos subido a pie nos apartáramos al lado izquierdo. Ahora quedaba el último esfuerzo, que consistía en regresar caminando hasta el coche, y la verdad es que el trayecto se nos hizo eterno, pero a pesar del cansancio y de llegar a casa reventado, lo primero que escribí en la libreta aquella noche en cuanto tuve oportunidad fue: «allí estaré de nuevo la próxima vez que la Vuelta suba el Angliru». Inolvidable.

Bibliografía

Notas

  1. Jai Hindley, para el que no esté puesto en el tema

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