Laredo
Agosto de 2019

España

Poco más de un año después de aquel breve y fallido encuentro con la localidad cántabra de Laredo, tuve la oportunidad de desquitarme y de visitar en condiciones su centro histórico, conocido como «la Puebla Vieja», como parte de un viaje por Asturias y Cantabria. Como ya avancé en mi anterior entrada, Laredo tiene una conexión especial con Sevilla, mi ciudad natal, y probablemente la principal señal de este hermanamiento se encuentre en el propio escudo de armas de Laredo, en el que se reproducen unos barcos, unas cadenas, y la archiconocida Torre del Oro. Pero ¿qué representan exactamente y por qué están ahí?

Para entender esta conexión hay que remontarse a los años de la Reconquista, concretamente a 1248, cuando unos barcos comandados por el almirante Ramón Bonifaz rompieron las cadenas que mantenían unido el único puente de Sevilla, conocido como el «puente de barcas», y que cerraba el paso del río Guadalquivir, logrando así aislar la ciudad del Aljarafe y permitiendo a las fuerzas del rey Fernando III llegar a la ciudad por la vía fluvial. Los navíos usados en aquel embate fueron construidos en Cantabria, aunque no se sabe si en Laredo, en Castro-Urdiales o en San Vicente de la Barquera. Lo que sí se sabe es que estaban tripulados por multitud de marinos cántabros —incluido el propio Bonifaz—, motivo por el cual el escudo de armas de Cantabria y de las villas que contribuyeron a esta hazaña —entre las que se encuentra Laredo— portan los testigos de aquella hazaña: las cadenas del puente, los barcos que las rompieron, y la Torre del Oro.

Pero la historia no acaba ahí. Tras la toma de Sevilla, los marinos laredanos se llevaron con ellos un trofeo: un tramo de las cadenas que mantenían unidas las barcas del mencionado puente. El propio rey Alfonso X el Sabio, hijo de Fernando III, narró en sus Cantigas de Santa María (escritas entre 1270 y 1282) varios milagros acaecidos en presencia de las cadenas, que se custodian desde entonces en el interior de la iglesia de Nuestra Señora de la Asunción de Laredo (sí, ese era el objeto que mencioné en mi anterior entrada). A día de hoy permanecen colgadas de una de las naves de la iglesia, y solo se tiene constancia de que hayan salido una vez de allí: para mostrarse en Sevilla —concretamente en 1984— con motivo de una exposición sobre la historia de la capital hispalense.

Así que, con ese objetivo en mente una vez más, llegamos a Laredo, no sin antes detenernos en el mirador de la ocasión anterior para disfrutar de las mismas vistas (aunque esta vez con una luz muy diferente, ya que era mediodía). Esta vez iba acompañado de mis padres y la suerte estuvo de nuestra parte; aunque costó trabajito, conseguimos encontrar una plaza libre entre el mercado municipal y la casa consistorial. Como quedaba apenas media hora para que cerraran la iglesia, fuimos directos hacia ella caminando por las calles del centro.

La iglesia de Santa María de la Asunción es la más antigua de la villa, construida en varias etapas entre los siglos xiii y xvii. Cuando llegamos descubrimos que se estaba terminando de celebrar un bautizo y tuvimos que esperar unos minutos en el prominente pórtico sur a que terminaran de salir los invitados. Este pórtico, fechado en el siglo xvi, ocupa casi toda la longitud de una de las fachadas laterales de la iglesia, y aparte de contar con unas rejas de hierro, permite proteger la portada principal, levantada en el siglo xiv y decorada con tres arquivoltas apuntadas y varias figuras de santos y ángeles.

Cuando por fin nos dejaron pasar, entramos en la iglesia buscando las susodichas cadenas, que se encontraban colgando entre dos de las columnas de la nave de la epístola acompañadas de un exvoto en forma de barco. Reconozco que con este tipo de «reliquias», sobre todo cuando tienen tanta antigüedad, no puedo evitar mostrar cierto escepticismo sobre su autenticidad, incluso cuando están ligadas a hechos históricos perfectamente documentados como en este caso. Así que, mientras escribía esta entrada, me entró curiosidad y decidí buscar si alguien había datado las cadenas en algún momento. Al final, acabé llegando a un artículo titulado La cadena medieval de la iglesia de Santa María de Laredo (Cantabria) que vio la luz en 2022, unos tres años después de mi visita. El artículo, firmado por Baldomero Brígido Gabiola —director del Archivo Municipal de Laredo— y por Antonio José Criado Portal —investigador del Departamento de Ingeniería Química y de Materiales de la Universidad Complutense de Madrid—, fue publicado en una revista llamada Santander. Estudios de Patrimonio y se puede encontrar aquí.

Se trata de un artículo bastante completo y muy bien escrito —y que os invito encarecidamente a leer— en el que se analiza el contexto histórico de la Reconquista de Sevilla y la participación de marineros laredanos en esta, y en donde se estima la antigüedad de la cadena conservada en Laredo apoyándose en un estudio metalográfico de varios de sus eslabones que fue publicado unos años antes, en 2019, y en el que participaron los mismos autores. La conclusión de la investigación, tras aplicar cuatro técnicas diferentes y complementarias que devolvieron un resultado prácticamente idéntico, es que la cadena presente en la iglesia de Laredo tiene una antigüedad de ochocientos años, con un margen de error de más o menos cincuenta años, lo que coincidiría con la última etapa de dominio musulmán en Sevilla. Evidentemente, esto no asegura al 100 % que la cadena de Laredo sea parte de las que sujetaban el antiguo puente de barcas, pero se queda muy cerca.

Aparte de las cadenas, que se llevaron gran parte del protagonismo de nuestra visita, la iglesia de Santa María de la Asunción de Laredo es una de las obras arquitectónicas más prominentes del gótico montañés y, además, cuenta con uno de los mejores conjuntos escultóricos que se conservan en Cantabria: el llamado «retablo de Belén». En realidad, no se trata de un retablo en sí, al menos no en su origen, ya que fue concebido como un tríptico con cuatro escenas diferentes alrededor del cual se montó más adelante un retablo barroco de columnas salomónicas para encajarlo en el espacio reservado al altar mayor de la iglesia. El tríptico original contaba con cuatro cajas que a día de hoy se diferencian bien dentro del conjunto del retablo, y se estima que fue realizado en Bruselas en torno al año 1440 en el taller de uno de mis pintores flamencos favoritos: el gran maestro Rogier van der Weyden. Sin ir más lejos, el conjunto de la derecha, el de la Crucifixión, fue trasladado temporalmente a Madrid en 2015 para una exposición dedicada a este pintor, en donde se pudo comprobar en persona su semejanza con el Tríptico de Miraflores conservado en la Gemäldegalerie de Berlín.

Al salir de la iglesia nos encontramos con una mansión conocida como la «casa del Condestable de Castilla» y en la que, por lo que decían unas placas informativas en su fachada, residieron en épocas distintas Isabel la Católica y su hija Juana la Loca, Catalina de Aragón y, por último, el emperador Carlos V. Laredo estará por siempre ligada a la vida de este último, ya que el postrero desembarco que este realizó en Castilla, camino de su retiro en el monasterio de Yuste tras abdicar en Bruselas, fue precisamente en esta ciudad, y más concretamente en la ya mencionada playa de la Salvé. Dicho evento ocurrió el 28 de septiembre de 1556, tras lo que pernoctó en la entonces casa del condestable antes de partir a su aislamiento.

Continuando nuestro camino llegamos a la Casa Consistorial, antigua sede del ayuntamiento de Laredo, un edificio renacentista de mediados del siglo xvi dotado de arcos escarzanos en sus dos plantas y coronado por un reloj. El edificio, sencillo y austero, fue realizado bajo diseño del escultor Simón de Bueras, famoso entre otras cosas por realizar la sillería del Coro de los Hermanos de la Cartuja de Miraflores, en Burgos. Aunque ya no cumple su función original, poco antes de nuestra visita el edificio fue renovado y restaurado, por lo que lo encontramos en perfecto estado.

En la fachada del mediodía nos encontramos, cómo no, con un busto de Carlos V, junto a una placa que replicaba las palabras que, supuestamente, el emperador pronunció tras desembarcar en Laredo en 1556: «Salve, Madre común de todos los mortales, a ti vuelvo desnudo y pobre, del mismo modo que salí del vientre de mi madre. Ruégote que recibas este mortal despojo que te dedico para siempre y permite descanse en tu seno hasta aquel día que pondrá fin a todas las cosas humanas». Todos los años en septiembre los laredanos reproducen el singular evento en una celebración conocida precisamente como El último desembarco de Carlos V, para la que construyen un escenario en la playa y el pueblo se engalana con las vestimentas y decoraciones propias del siglo xvi. Tiene que ser curioso de presenciar, sobre todo la recreación misma del desembarco.

Tras aquel paseo por la Puebla Vieja de Laredo llegamos de vuelta al mercado de abastos, en el que no nos habíamos fijado al aparcar pero que al volver captó nuestra atención. Se trata de un edificio de estilo entre modernista y ecléctico erigido a principios del siglo xx y construido por el arquitecto Eladio Laredo, quien paradójicamente no era de Laredo sino de la vecina Castro-Urdiales. La entrada principal está coronada por el escudo de armas de la ciudad, uno de los muchos que nos encontramos durante nuestra visita, y su fachada está decorada por múltiples azulejos en los que se pueden ver representaciones de diferentes especies animales, presumiblemente aquellas con las que se comerciaba allí dentro originalmente, así como la fecha en la que fue inaugurado: 1902. Estos azulejos son obra de Daniel Zuloaga (1852-1921), célebre ceramista madrileño que trabajó por ejemplo en el Palacio de Cristal del Retiro, el Casino de San Sebastián, o el Palacio de Fomento. Por desgracia, si bien en el momento de nuestra visita el edificio estaba en perfecto estado, acabo de leer que en 2023 sufrió unos trabajos de remodelación para convertirlo en centro de recepción de peregrinos y durante las obras se desprendieron y echaron a perder gran parte de los azulejos.

Antes de despedirnos de Laredo vimos junto al mercado la elegante escultura de bronce con la que abro y cierro esta entrada y que representa a Diego del Barco, desconocido héroe coruñés que participó en la guerra de la Independencia Española y que falleció precisamente en Laredo tras las heridas sufridas durante la toma del fuerte del Rastrillar, situado en el cono de la Atalaya. Por lo visto la figura de este oficial de artillería cayó en el olvido durante casi doscientos años, hasta que un historiador rescató su hoja de servicio del Archivo General Militar de Segovia y, tras darse a conocer los importantes logros del militar, las ciudades de A Coruña y Laredo decidieron levantar sendos monumentos en su memoria. La de Coruña no recuerdo haberla visto nunca, a pesar de las innumerables veces que he estado allí, pero ahora que sé dónde está emplazada toca ir a hacerle una visita.

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