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Restitución de las estatuas del Maestro MateoExposición temporal en el ‘Museo do Pobo Galego’ de Santiago de CompostelaDiciembre de 2025 – Julio de 2026

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Introducción

En la última visita de mis padres a Santiago decidimos llevarlos a conocer el antiguo convento de Santo Domingo de Bonaval, que, aparte de contar con una enorme iglesia y un elegante claustro, en la actualidad también alberga el Panteón de Gallegos Ilustres y el Museo do Pobo Galego, una exhibición etnográfica muy completa de la región. Lo que no sabía es que en una de las dependencias de dicho museo, dedicada a muestras temporales, se encontraban expuestas en ese momento dos de las nueve estatuas que se conservan de la desaparecida fachada románica occidental de la catedral de Santiago. Y digo desaparecida porque, si bien el Pórtico de la Gloria, la archiconocida y celebrada obra cumbre del Maestro Mateo —y que recibe unos cien mil visitantes cada año—, sigue en pie, antaño estaba precedida de un nártex románico, también obra del mismo escultor y su taller. De las mencionadas nueve tallas que han llegado a nuestros días, estas dos son probablemente las que cuentan con una historia más rocambolesca, y merece la pena detenerse en ella para entender el viaje que han recorrido.

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Arte y Misericordia. La Santa Caridad de SevillaExposición temporal en el Museo de Bellas Artes de SevillaJulio de 2025 – Junio de 2026

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Introducción

«Mediante la escritura vuelvo a mí», confiesa Werner Herzog, gran cineasta y mejor escritor, en su magnífico diario de rodaje Conquista de lo inútil. Y leyendo esa frase, apuntada en mi cuaderno hace ya casi un año, concluyo que ya es hora de retomar esta sagrada afición, de dejar definitivamente atrás esos meses tan extraños que dieron comienzo al presente año, y de volver a hacer una de las cosas que más me gustan, que es recordar mis andanzas por el mundo y escribir sobre ello. Pero en esta ocasión, en lugar de narrar alguno de mis viajes, voy a centrarme en hablar sobre Sevilla, la ciudad que me vio nacer, y más concretamente sobre una magnífica exposición temporal dedicada a las obras del Hospital de la Santa Caridad que tuve la oportunidad de visitar junto a mi padre el pasado mes de marzo en el Museo de Bellas Artes de nuestra ciudad.

El Hospital de la Santa Caridad se encuentra en el barrio del Arenal, y fue construido en el siglo xvii sobre las ruinas de la antigua capilla de San Jorge y unos terrenos que pertenecían a las antiguas Reales Atarazanas, el gigantesco astillero naval en el que antaño se refugiaba la flota de galeras. El principal impulsor de aquel conjunto barroco fue el venerable Miguel de Mañara (1627-1679), una suerte de don Juan Tenorio que, tras años llevando una vida, digamos, licenciosa —reconocido por él mismo en sus escritos—, y después de que la muerte de su esposa le pusiera los pies en la tierra y comprendiera que la fugacidad de la vida no era algo ajeno sino una realidad común a todos los mortales, incluido él mismo, decidió dedicar el resto de su vida a los más desfavorecidos. Al año siguiente de sufrir aquella pérdida, en 1663, ingresó en la Hermandad de la Santa Caridad y, un año más tarde, se convirtió en hermano mayor, promoviendo numerosos proyectos que incluyeron la construcción de la nueva iglesia de San Jorge y del complejo del hospital, y un programa iconográfico diseñado por él mismo.

He visitado el hospital en varias ocasiones, que conserva uno de los mayores conjuntos de patrimonio barroco de la ciudad, y he disfrutado recorriendo su iglesia, caminando por sus patios, contemplando el magnífico retablo mayor de Bernardo Simón de Pineda —con el impresionante Entierro de Cristo obra del imaginero Pedro Roldán— y, por supuesto, humillándome ante las inquietantes representaciones de los llamados Jeroglíficos de las postrimerías de Juan de Valdés Leal, sobre las que ya profundizaré un poco más adelante. Pero a pesar de que tengo muchas fotos de este lugar y llevo muchos años queriendo escribir sobre él, hoy voy a limitarme a hablar solo de las obras de arte propiedad del hospital que se encuentran expuestas actualmente en la mencionada muestra, mientras el edificio en sí se encuentra en un proceso de rehabilitación que se prevé concluya a lo largo de este mismo 2026.

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La Pátera de Otañes

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La Pátera de Otañes es una excepcional pieza de orfebrería hispanorromana hallada en 1798 en las inmediaciones del pico del Castillo, en el término municipal de Castro Urdiales (Cantabria), en los terrenos de Antonio Zacarías de Otañes. Personalmente no conocía la palabra «pátera» cuando escuché hablar por primera vez de este singular objeto, y tuve que buscarla en el Diccionario de la lengua española, que la define como «plato o cuenco de poco fondo que se usaba en los sacrificios antiguos». El ejemplar en cuestión, realizado en plata parcialmente sobredorada, está datado entre finales del siglo i d.C. y el siglo iii d.C. y, si bien se desconoce su función original, la teoría más aceptada es que estaba destinado a ofrendas y libaciones. En la actualidad está catalogada como Bien de Interés Cultural y sigue siendo propiedad de la familia Otañes, que la custodia en una caja fuerte de una entidad bancaria, y no se expone al público salvo en contadas ocasiones, como la que nos atañe en esta entrada.

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L’AngliruSeptiembre de 2025

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El Alto de l'Angliru en la Vuelta Ciclista a España 2025

El plan, al menos sobre el papel, parecía sencillo: había quedado con mi buen amigo el señor Ó. a las 9:30 de la mañana en un lugar llamado "Hotel - Albergue Mirador del Angliru", que según Google Maps estaba temporalmente cerrado pero disponía de un enorme aparcamiento. El objetivo era llegar temprano, dejar allí el coche, y comenzar el ascenso a pie hasta la cima del Alto del Angliru, para luego buscar un buen sitio en el que ver en primera fila cómo los ciclistas de la Vuelta a España 2025 se dejaban la vida escalando el que para muchos es uno de los peores ascensos de toda Europa. Desde aquel lugar había unos 8,5 km hasta la meta de la etapa, situada en lo más alto, y si bien la inclinación media lo hacía extremadamente exigente (se llega a alcanzar una pendiente máxima del 23,5% en el tramo conocido como Cueña les Cabres), todo era cuestión de subir tranquilamente, poco a poco, ya que disponíamos de más de siete horas hasta que la cabeza de carrera llegara hasta la meta.

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SantanderMayo de 2018Capítulo I

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Cuando visité Santander por primera vez, allá por la primavera de 2018, lo último que me imaginaba es que acabaría viviendo en esta ciudad siete años después, tras más de una década asentado en Santiago de Compostela. Pero la vida da muchas vueltas, como bien se sabe, y aquí nos quedaremos por un tiempo indefinido, por lo que parece una ocasión perfecta para rescatar las fotos que tomé en aquella ocasión de la capital montañesa y que naturalmente ahora veo con otros ojos tras haber caminado durante varias semanas por sus calles y cuestas, ya no como turista ni viajero, sino como alguien que empieza a construir una nueva vida en este lugar.

En aquella ocasión, ya algo lejana, aunque tampoco demasiado, aproveché la vuelta de un encuentro matemático en Montpellier para dedicar unos días a conocer Cantabria, una de las comunidades autónomas en las que por aquel entonces todavía no había puesto los pies. Hacía un día fantástico, y tras haber pasado la mañana explorando Liérganes —población de la que también debería hablar en algún momento—, llegué a Santander sin saber muy bien a dónde dirigirme. Al final me decanté por aparcar el coche en un aparcamiento bajo la calle Castelar, cerca de la dársena de Puertochico, para así dar un paseo por esa zona, ampliamente recomendada en las webs que había consultado a contrarreloj.

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