RoncesvallesJulio de 2023Capítulo II

España

La colegiata y su claustro

La Real Colegiata de Santa María de Roncesvalles fue edificada a principios del siglo xiii por orden del rey Sancho VII de Navarra, con el fin de servir de lugar de enterramiento para el monarca llegada la ineludible hora. Se trata de uno de los primeros templos góticos construidos en España y, aunque ha sufrido muchas restauraciones a lo largo de los siglos, conserva en mayor o menor medida su estructura original. Como no podía ser de otra forma, finalizado el recorrido por el museo de arte sacro, la capilla de Santiago y el Silo de Carlomagno, seguimos las indicaciones de nuestro cicerone para regresar a la colegiata con el fin de explorarla por nuestra cuenta. Accediendo por el mismo sitio en el que habíamos comprado previamente las entradas de la visita guiada, nos adentramos en el claustro, un espacio de planta cuadrada conformado por cuatro galerías de arcos apuntados que, si bien se levantó poco después que la iglesia, en el siglo xiv, tuvo que ser reconstruido en el siglo xvii después de que una gran nevada provocara el vencimiento de sus cubiertas. En el centro del frío claustro se puede ver, hoy reconvertida en fuente, una pila bautismal procedente de la iglesia de San Bartolomé de Amunarrizqueta.

Por una escalera pudimos ascender a uno de los niveles superiores, lo que nos permitió observar de cerca los arbotantes de la iglesia —esos arcos exteriores tan característicos de la arquitectura gótica que permiten transferir el empuje de las bóvedas a los contrafuertes—, así como los óculos de su claristorio, que a día de hoy ya no cumplen su función original puesto que permanecen guarecidos bajo una techumbre moderna de madera. De la decoración primitiva del claustro apenas se conserva nada salvo alguna que otra hornacina vacía, y en la panda oriental destaca un vano apuntado custodiado por dos estatuas decapitadas y flanqueado por dos ventanales de similar factura, que no es sino la entrada a la antigua sala capitular, levantada a mediados del siglo xiv y hoy conocida como «capilla de San Agustín». Sin más dilación nos adentramos en aquel espacio, uno de los más espectaculares de toda la población y el que más interés me suscitaba.

La capilla de San Agustín y el sepulcro de Sancho VII

Como dije anteriormente, Sancho VII quería que la colegiata de Roncesvalles —cuya construcción él mismo impulsó— fuera su lugar de enterramiento, y tras su muerte sus restos fueron sepultados, junto a los de su segunda mujer doña Clemencia de Alemania, en el presbiterio de la iglesia. Sin embargo, dichos sepulcros fueron destruidos durante el siglo xvii y tan solo se conservan restos de una de las lápidas. Un par de siglos más tarde, en 1912 —coincidiendo con el séptimo centenario de la batalla de las Navas de Tolosa—, se decidió reconstruir la tumba del rey en la antigua sala capitular, por aquel entonces ya reconvertida en capilla, y se erigió el mausoleo que preside la estancia y que capta todas las miradas nada más entrar en ella. La figura yacente que se puede ver sobre el sarcófago mide 2,25 m de largo, en concordancia —o eso dicen varios estudios— con la supuesta altura real del monarca cuando vivía (está claro que el apodo de «el Fuerte» no le venía por nada).

Las cadenas que, según la tradición histórica navarra, protegían la tienda de Miramamolín —el califa almohade al que se enfrentaron los reinos cristianos de la Península en la batalla de las Navas de Tolosa— también se encuentran en Roncesvalles, como comenté en una de mis anteriores entradas. Se pueden ver al fondo de la capilla, junto a dos estatuas orantes de Sancho VII y doña Clemencia y dispuestas sobre un cojín rojo para que se aprecie mejor el paralelismo con el escudo de armas de Navarra en el que en teoría están representadas. Otros detalles interesantes de la estancia son la vidriera situada sobre la entrada, con la figura de san Agustín de Hipona sosteniendo el corazón flameante con el que se suele representar, algunos remanentes de la decoración del claustro primitivo que se encuentran expuestos en los muros, y la colosal altura de la sala que alberga la tumba, cuya bóveda de terceletes se sitúa a 21 m sobre el suelo.

La vidriera de la batalla de las Navas de Tolosa

Aparte de lo ya referido, también es digna de mención la vidriera situada en el muro meridional de la capilla y en cuyo pie se puede leer: «De cómo Sancho el Fuerte rey de Navarra y otros caballeros desbarataron una batalla de moros donde estaba Mamolín el Verde. Año 1212». Representa el momento culminante de la batalla de las Navas de Tolosa: cuando el rey Sancho VII llega cabalgando junto a su ejército hasta la tienda del dirigente enemigo, poniendo fin así al enfrentamiento. En un primer plano sobresalen los sarracenos que guardan la tienda del califa, junto a los postes y las cadenas que demarcarían el perímetro de esta (a Miramamolín no se le ve, y es posible que la composición esté planteada para que nos imaginemos cuál debió ser su última visión antes de montar en su corcel y huir de allí, ya que no murió en la contienda sino en África un año más tarde, por mano de sus propios cortesanos).

En el centro del vitral destaca, como no podía ser de otra forma, la figura a caballo del rey, rodeado de sus caballeros y con la mirada clavada en el estandarte de la Virgen María, como si ella misma estuviera guiando su acometida y no le hiciera falta mirar hacia delante. Algo que me pareció muy curioso es la representación de su montura, ya que en casi todas las pinturas que he visto de caballos estos suelen aparecer de perfil, nunca de frente (probablemente por la dificultad de ilustrarlos así de manera realista, algo que en este caso se logra con creces). También se puede ver la firma en las esquinas: «Ejecutado en Madrid, Castellana 64. José Mauméjean, 1906». La célebre casa Mauméjean fue una familia de vidrieros de origen francés fundada por Jules Pierre Mauméjean, que tras décadas instalado en el sur de Francia recibiendo encargos del país vecino decidió abrir un taller en Madrid que dejó a cargo de su hijo Joseph Jules (conocido en España simplemente como José, y que es quien firma la vidriera). Curiosamente, en la entrada del Diccionario Biográfico Español dedicada a este señor se menciona gran parte de su obra —bastante extensa, por cierto— pero no se hace alusión al vitral de Roncesvalles, a pesar de que probablemente fuera uno de sus mejores trabajos.

La iglesia colegial

Tras visitar la capilla y el claustro, salimos de nuevo al exterior para entrar a la iglesia por la puerta principal; una iglesia que, por cierto, se levantó siguiendo los modelos parisinos de la época, con una planta muy similar a la de Nuestra Señora de París: un rectángulo proporcionado sobre cuadrados, con tres naves y cabecera de cinco paños (de hecho, se pueden superponer ambas plantas, como muestro en el siguiente diagrama, adaptado a partir de otro procedente de uno de los artículos de Javier Martínez de Aguirre Aldaz que refiero al final).

 

Sin embargo, si bien la disposición actual es más o menos fiel a la fábrica primitiva, como mencioné al principio de la entrada, la iglesia, al igual que el claustro, sufrió una remodelación importante en el siglo xvii cuando, acuciado por el enorme deterioro que presentaba el edificio, el arquitecto encargado de su restauración decidió sustituir los elementos góticos por otros barrocos. Su aspecto actual —que carece de añadidos barrocos de cualquier tipo— se lo debemos a la última restauración, promovida por el sacerdote y catedrático de arqueología Onofre Larumbe y llevada a cabo por el arquitecto Francisco Garraus entre 1939 y 1944, cuando el templo fue desprovisto de todos los añadidos de la época de Felipe IV y se reconstruyó según la interpretación que entonces se tenía de su aspecto original pero usando cemento para restituir lo faltante e incluso ocultando con este las bóvedas de ladrillo, de ahí que a día de hoy tenga ese aspecto tan extrañamente nuevo a pesar de su estética (sin ir más lejos, Leopoldo Torres Balbás, uno de los padres de la restauración monumental en España durante el siglo XX, fue bastante crítico con el trabajo realizado en Roncesvalles en un artículo publicado en la revista Príncipe de Viana en 1945, calificándolo como una «torpe falsificación gótica de la que huyeron a la par belleza y emoción» y asegurando que la iglesia había sido «profanada hasta su entraña»). En la fachada principal ya empieza a notarse: solo las arquivoltas de la entrada son originales; el rosetón, el tímpano y las columnas son añadidos posteriores, algo que se aprecia a simple vista.

La imagen de Santa María de Roncesvalles

Al fondo del pasillo central de la nave, ya en el presbiterio, se podía ver desde la entrada la talla gótica de Santa María de Roncesvalles, la más importante de la localidad y patrona de los peregrinos jacobeos. Se trata de una imagen sedente de la Virgen María con el Niño, realizada probablemente en Francia en la primera mitad del siglo xiv en madera y forrada con una fina chapa de plata, y nos muestra a una Virgen ya alejada del hieratismo románico, con el Niño encaramado sobre sus rodillas y agarrándole la ropa, mientras ella gira la cabeza para mirarlo. La imagen descansa sobre un pedestal y está flanqueada por dos ángeles ceroferarios, todo ello cobijado bajo un baldaquino o dosel de aspecto moderno.

Los muros de la nave y la capilla del Santo Cristo

A ambos lados de la nave central se observan los tres niveles propios del esquema parisino: la arquería soportada por pilares, el triforio, y el claristorio, compuesto este último de los óculos o rosetones que ya había podido ver por fuera desde el claustro. El órgano, curiosamente, se encuentra encajado en algunas de las secciones del triforio, y de los vanos de este último penden algunos estandartes con escudos diversos: el de Navarra, el de la Roncesvalles jacobea y el de Sancho el Fuerte. De entre las imágenes de la nave destaca el Santo Cristo del siglo xix, custodiado en una capilla enrejada situada en el lado de la Epístola.

La cripta medieval

Justo cuando nos disponíamos a marcharnos, un señor que se encontraba explicándole a varias familias los detalles de la iglesia se acercó a nosotros a preguntarnos si habíamos visitado la cripta. Le contestamos que no, ya que ni siquiera sabíamos que había una, y nos invitó a seguirlo junto con su grupo. Por una pequeña puerta lateral de la que partía una estrecha escalera descendimos a este espacio medieval, tan distinto del resto, y seguramente el único que se conserva prácticamente intacto. Tal y como nos contó el señor, es probable que se construyera simplemente para salvar el desnivel del terreno y sustentar los pilares de la cabecera, cumpliendo un propósito puramente estructural en lugar de servir como espacio para veneración de reliquias de algún tipo, y seguramente gracias al poco uso que se le ha dado a lo largo de los siglos conserva en la actualidad su revestimiento pictórico original del primer gótico, algo único en Navarra. Además, las pinturas siguen unos motivos que, aunque puedan parecer modestos a simple vista, no se han encontrado en ningún otro rincón de la península ibérica, por lo que se cree que fueron los propios artistas franceses que construyeron la iglesia los encargados de decorar la cripta. Sin duda, uno de los rincones más curiosos de la población, que habríamos pasado por alto de no haber sido por aquel amable e improvisado guía.

Despedida

Al día siguiente, madrugué más de lo necesario y, mientras mis padres se arreglaban, aproveché para dar un paseo al amanecer por Roncesvalles antes de desayunar. Parecía mentira que me encontrara en el mismo lugar que nos había recibido envuelto en niebla el día anterior, pero gracias a haber salido tan temprano pude ver todos los edificios y rincones de la población con una luz completamente diferente. Además, también le di una vuelta completa a la colegiata, y pude apreciar las enormes moles que conformaban la capilla de San Agustín y el conjunto formado por la cripta y por la cabecera de la iglesia. Aquí cobraba sentido lo que nos había comentado aquel señor el día anterior acerca de cómo la cripta ayudaba a salvar el desnivel del terreno, ya que desde ese lugar se apreciaba lo pronunciado que era, y se entendía también por qué, a pesar de ser una cripta, tenía ventanas.

Me hizo especial gracia encontrarme un mojón del Camino de Santiago que indicaba que quedaban 755 km para llegar a mi casa a la catedral compostelana, lo que vienen siendo treinta jornadas de peregrinación a un ritmo de unos 25 km al día. Me pareció una locura, pero al mismo tiempo me entraron muchas ganas de hacerlo un año de estos (aunque todos los años digo lo mismo y al final el tiempo pasa y sigo sin dar el paso). Aunque en las jornadas venideras nos encontraríamos varias veces con otros hitos importantes de la ruta jacobea, por el momento debíamos tomar la dirección contraria hacia el paso de Ibañeta y de ahí a Francia, lo que narraré en las siguientes entradas.

Continúa en: Puerto de Ibañeta

Bibliografía y enlaces relacionados

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