El día ya empezaba a no dar más de sí y hacía un buen rato que me invadía el cansancio, lo cual tampoco es sorprendente después de haberme levantado a horas intempestivas para tomar el vuelo de Santiago a Stansted de las 6:40 de la mañana. Sin embargo, todavía me quedaba una última tarea antes de repanchingarme en el pub que ya tenía fichado para comer tranquilamente y tomar una buena cerveza: visitar la iglesia de St Bene’t, la más antigua de la ciudad (que, casualmente, o no, se encontraba frente al mencionado local, del que hablaré más adelante pues también tiene su historia). Centrándonos en la iglesia, se estima que fue construida en la primera mitad del siglo xi, y está consagrada a san Benito de Nursia, el fundador de la orden benedictina (aunque, en este caso, la iglesia en vez de llamarse St Benedict, que sería el nombre del santo en inglés, usa su variante anglonormanda: St Bene’t).
La iglesia desde fuera puede quedar eclipsada cuando se compara inevitablemente con la cercana Santa María la Mayor o con las monumentales capillas de las que presumen algunos de los colleges de Cambridge, pero hay varios detalles que hacen que la visita merezca la pena y que la hacen única dentro de la región. Lo que más destaca desde el exterior es la torre, la parte más antigua, construida en época anglosajona aproximadamente entre los años 1020 y 1030, lo que la convierte en una de las estructuras más antiguas del condado y en una de las pocas que preceden a la conquista normanda de Inglaterra. Las ventanas geminadas con balaustres moldurados del cuerpo de campanas son típicas de esta arquitectura, mientras que los vanos más simples y alargados que flanquean a las anteriores se añadieron a finales del siglo xvi. La nave principal apenas se aprecia desde la calle, ya que en el siglo xix se añadió una nave lateral en el ala norte y un pórtico de entrada, ambos de estilo neogótico. Tras observar la iglesia desde fuera, me adentré por aquel acceso sin saber muy bien qué me encontraría allí dentro, pues era la visita que menos había preparado para esos días y estaba bastante intrigado.
Una vez dentro, lo que más me llamó la atención fue la parte más antigua: el enorme arco sobre el que descansa el muro oriental de la torre y que, al contrario que el resto del interior, presenta la piedra vista. El arco está compuesto por dos arquivoltas y por sendos guardapolvos moldurados, y a la altura de las dovelas basales se aprecian dos figuras zoomorfas relativamente bien conservadas (sobre todo teniendo en cuenta que deben rondar el milenio de antigüedad). Como se puede observar en las fotos que le hice a los detalles, las piedras angulares de las jambas del arco siguen un patrón característico de la arquitectura anglosajona —denominado long-and-short work en inglés— en el cual se alternan sillares alargados con otros más estrechos.
Buena parte de lo que conforma hoy la nave, más ancha de como tuvo que ser originalmente, es de finales del siglo xiii, cuando se añadieron las naves laterales y se sustituyeron los muros primigenios por arcadas góticas, hoy visiblemente restauradas. La iglesia cuenta con varias vidrieras de época victoriana, la mayoría con escenas del Evangelio de san Lucas, que decoran los ventanales laterales y el del altar mayor, y una vidriera más antigua sin fechar que representa a san Benito y que se puede apreciar en el primer nivel de la torre (de entre las ventanas vidriadas destaca sobre todo la situada bajo la torre, de estilo gótico perpendicular). A pesar de la escasa luz, pude apreciar la techumbre de tirantes de la nave principal y las de las naves laterales, decoradas con una especie de mascarones que representaban diversas figuras portando escudos heráldicos asociados con los fundadores del Corpus Christi College.
Nada más salir, ahora sí, había llegado la hora de almorzar, y al otro lado de la calle me esperaba The Eagle, el segundo establecimiento más antiguo de Cambridge, que abrió nada más y nada menos que en 1667 como posada de postas. El pub se enorgullece de haber sido el lugar en el que, el 28 de febrero de 1953, los biólogos moleculares Francis Crick y James Watson —que trabajaban en el entonces cercano laboratorio Cavendish— anunciaron ante los presentes que habían «descubierto el secreto de la vida», tras haber presentado la propuesta de una estructura de doble hélice para el ADN apoyándose en los trabajos previos de Rosalind Franklin, Raymond Gosling y Maurice Wilkins (una estructura que posteriormente pudo estudiarse con mayor precisión gracias a los avances en cristalografía de rayos X, especialmente a partir de los trabajos publicados a comienzos de la década de 1980). En la puerta me encontré una placa azul que recuerda este hecho, junto a otra roja que enumera a grandes rasgos varios hitos en la historia del pub. Aparte de por la anécdota del ADN, el pub también es famoso por haber sido lugar de encuentro y asueto durante la Segunda Guerra Mundial de los pilotos aliados y de la Royal Air Force. Estos, además, tomaron por costumbre grabar sus nombres o los de sus escuadrones utilizando el humo de las velas o de sus mecheros en el techo de la estancia situada al fondo del local, conocida actualmente como RAF Bar; una especie de grafitis que se siguen pudiendo apreciar hoy en día.
Tras darme un paseo por allí dentro y disfrutar del ambiente universitario, me senté en una mesa para pedir una ración de fish and chips (he de reconocer que siento especial predilección por este plato tan típico del Reino Unido, a pesar de que no deja de ser una fritura de pescado acompañada de patatas fritas sin más historia) y una buena pinta. Resultó que tenían una cerveza de tipo ale llamada Eagle’s DNA elaborada por Greene King, la cervecera que regenta el pub, para conmemorar el mencionado descubrimiento. Aunque me pareció algo curioso, reconozco que no es la mejor cerveza que he probado.
Lo que sí fue verdaderamente curioso fue el reloj en el que me detuve al salir del pub, situado en el cruce de King’s Parade con la calle Bene’t y que ya había visto repetidas veces a lo largo del día pero en el que no me había detenido hasta ese momento. Inaugurado el 19 de septiembre de 2008 por el físico Stephen Hawking, su nombre es Corpus Clock y se encuentra en el edificio de la biblioteca Taylor, que pertenece al Corpus Christi College (el mismo college que es propietario del edificio que alberga The Eagle, y que por cierto también usó la iglesia de St Bene’t como capilla hasta finales del siglo xvi; todo parece quedar en casa). El autor del reloj, John C. Taylor, es un inventor inglés que estudió precisamente en el Corpus Christi, y asegura que la figura que se posa sobre el reloj —a la que él denomina «cronófago» o «devorador del tiempo»— es así de horrenda deliberadamente, con el fin de provocar un efecto dramático y que los espectadores recapaciten sobre el inevitable paso del tiempo (supongo que también es un guiño al nombre que recibe el «escape saltamontes», el mecanismo que utilizan algunos relojes de péndulo —como este—, pero esto es más una hipótesis mía). A los pies del reloj, para reafirmar de alguna manera esta intención, se puede leer una cita de la primera epístola de Juan: «mundus transit et concupiscentia eius» (el mundo pasa, y con él su concupiscencia). Para rizar más el rizo, el reloj tiene un comportamiento errático, y solo marca la hora real una vez cada cinco minutos, nuevamente según el autor para mostrar que nuestro paso por la vida ocurre de manera irregular.
Desde aquella singular esquina en la que extraños y curiosos admiraban —o más bien contemplaban con recelo— cómo aquella extraña criatura avanzaba sin descanso para no llegar a ningún sitio, yo me dispuse igualmente a encaminarme hacia mi alojamiento. Parecía que había pasado una eternidad desde que dejé mi maleta aquella misma mañana y conocí a mi anfitrión, pues difícilmente podría haber aprovechado mejor el primero de los tres días que dedicaría a recorrer el este de Inglaterra. Como ya mencioné al principio de este diario, junto a mi alojamiento había un pub bastante menos turístico pero muy acogedor llamado The Petersfield, en el que decidí atrincherarme en una de sus mesas hasta que se hiciera de noche después de darme una buena ducha y pasar las fotos al ordenador. Allí descubrí un tipo de cerveza llamada cream stout que, al contrario que la del pub The Eagle, me pareció exquisita. Tanto fue así que nada más volver del viaje hice lo imposible por encontrar alguna parecida en Santiago de Compostela y, si bien logré dar con alguna que otra en las tiendas especializadas, la sensación, evidentemente, nunca llegó a ser la misma.
Continuará…
Bibliografía
- Historic England » Church of St Bene’t, Bene’t Street
- Wikipedia » St Bene’t’s Church
- St Bene’t’s Church » History
- St Bene’t’s Church » The Anglo-Saxon Foundations of the Church
- St Bene’t’s Church » St Bene’t’s and Corpus Christi College
- St Bene’t’s Church » Restoration & Furnishing in the 19th Century
- St Bene’t’s Church » The building of the north aisle and its furnishings
- St Bene’t’s Church » St Bene’t’s Stained Glass
- St Bene’t’s Church » Devastation & Change in the 17th Century
- St Bene’t’s Church » Famous 17th & 18th Century Parishioners
- Britain Express » Cambridge, St Bene’t’s (St Benedicts) Church
- Capturing Cambridge » St Benet Church, Benet Street
- VoiceMap » St Bene’t’s Interior
- National Churches Trust » St Bene’t


































































Gracias Joaquin. me gusta mucho la forma en que relatas esas crónicas y nos ayudas a apreciar la cultura.
Algún día visitaré esos mágicos sitios
Hola Santi, muchas gracias por tus palabras, me alegro de que te haya resultado interesante mi entrada. ¡Un saludo!